Nunca había dejado
de ser niña grande
aunque acunaba
a una niña imagen
de su propia cara.
Vio unos pendientes
y fue a comprarlos
para compartir
con su princesita
con olor a nata.
Pero los pendientes
eran tan pequeños
que no fue posible
cambiarlos de orejas.
Eran de su niña.
Eran para ella.
Luciría joven
plata y diamantes
en sus orejitas
de niña princesa.
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